Los emplumados filósofos del amor
Por Revista Arahú
Coloridos, parlanchines y absolutamente inseparables, los agapornis parecen haber salido de una comedia romántica dirigida por la naturaleza. Su nombre proviene del griego: ágape (amor) y ornis (ave), una combinación perfecta para describir a estas diminutas criaturas que han convertido el afecto en todo un estilo de vida.
Su encanto reside, más allá de sus tonos verdes, azules, amarillos o melocotón, en su personalidad. Los agapornis tienen el ego de un águila y el tamaño de un aguacate pequeño. Son curiosos, juguetones y sorprendentemente inteligentes. Algunos, incluso, aprenden pequeños sonidos o rutinas, especialmente si reciben atención constante.
Pero cuidado, porque detrás de esa apariencia adorable vive un pequeño huracán emocional. Estas aves necesitan compañía y estimulación. Un agapornis aburrido puede convertirse en un experto en destruir papel, morder objetos o exigir atención con la intensidad de una estrella pop en plena gira mundial.
Obviando lo simpáticos que los agapornis resultan, también representan una curiosa lección contemporánea, pues nos recuerdan que ante toda la hiperconectividad digital de la actualidad y las relaciones fugaces, ellos siguen apostando por la cercanía real, el contacto y la lealtad. Tal vez por eso despiertan tanta fascinación. Son una mezcla perfecta entre ternura, caos doméstico y romance permanente.
Pequeños, escandalosos y profundamente afectivos, los agapornis nos revelan que el amor, a veces, tiene alas, colores tropicales y una capacidad infinita para hacer ruido antes de las siete de la mañana.